Archivo de octubre, 2007

La muerte del yo digital

El mundo que habita el yo digital es, hoy por hoy, un enjambre de autorretratos. Asistimos –no sin cierta perplejidad– al afán de miles, de millones de nuestros congéneres por revelarnos sus pensamientos, las músicas que les conmueven, los detalles, enternecedores o anodinos, de su quehacer cotidiano, los rincones de su ciudad donde su corazón descansa, o los heroicos o lúgubres avatares de su imaginación. Más pronto o más tarde –pensamos– esa turbamulta se asentará; las facetas dispersas de cada yo digital se engranarán en una estructura cuyo esqueleto tratamos de dilucidar.

En un bellísimo ensayo sobre los orígenes del retrato en la pintura occidental, Tzvetan Todorov (2001) relata la escalofriante naturaleza de algunos de los vestigios más antiguos de nuestra práctica retratística. Bajo la dominación romana, los habitantes de la provincia de Egipto –muchos de ellos colonos griegos– acomodaron a sus ancestrales creencias algunas de las costumbres de los pueblos a los que acogían –entre ellas, la tradición helenística del retrato. En ciudades como Fayum, al suroeste de El Cairo, cientos de retratos pintados sobre tela con pigmentos mezclados con cera caliente se cosieron a los lienzos que envolvían el cadáver o se adhirieron a las tablas del sarcófago. Sabemos que estos retratos al encausto se pintaban en vida –lo hacían por lo general pintores de origen griego, que, aunque pusieran cierto empeño en la verosimilitud, recurrían con frecuencia a patrones fijos, que mudaban levemente para semejar los rasgos del modelo– ; lo sabemos porque la tela del retrato suele ser más antigua que la de la momia, y la edad del difunto mayor que la que muestra el retrato. Después, como recoge Herodoto, cuando llega la muerte, “los familiares se quedan con el cuerpo y encargan un cofre de madera, tallado a semejanza de la forma humana, en el que lo meten; y conservan ese valioso cofre en una cámara funeraria, donde lo colocan en posición vertical, pegado a la pared”. Así, “el padre o la madre –nos dice Todorov– observan a sus familiares vivos cada vez que cruzan la entrada o desde una alacena”. Sólo más tarde, “cuando se desdibuja la memoria de los difuntos, cuando acaso han muerto todos los que lo conocían, […] entierran las viejas momias de cualquier manera, en fosas comunes, como si quisieran deshacerse de ellas”. Naturalmente, cuando encargaban sus retratos, los egipcios debían de saber que estos “los acompañarían y los representarían en el más allá, después de su muerte”. Sus ojos, casi siempre, nos miran: clavan en nosotros lo que Jean Christophe Bailly (1997) ha dado en bautizar como “la llamada muda”.

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Desprovistas de la querencia egipcia por la preservación de los restos mortuorios, algunas de estas costumbres perviven de una manera u otra en nuestros días. Las casas de nuestros mayores, cuando menos, suelen estar habitadas también por los retratos de los que se fueron. Pero en la hora en que el retrato pueda estar acompañado de las músicas que conmovieron a quienes nos faltan, de sus pensamientos, de las imágenes de los lugares donde fue feliz o de cualquier instante perdido de sus rutinas diarias, en la hora en que podamos ponernos en la piel de los personajes que quiso ser y recorrer los lugares mágicos o vulgares que recorría, cuando podamos incluso escuchar en su voz su consuelo si algo nos aflige, o preguntarles si en esta o aquella encrucijada estamos eligiendo el camino por el que ellos nos habrían llevado de la mano, entonces, en esa hora, ¿querremos hacerlo? Cuando, como los pobladores de Fayum, entendamos que nuestros autorretratos habrán de cumplir ese propósito después de nuestra muerte, ¿cambiará nuestro modo de trazarlos? Empezamos a vislumbrar los múltiples sentidos en que la digitalización del yo transformará –enriquecerá, alborotará, espesará… – nuestra manera de vivir, pero acaso nos sea aún más difícil intuir de qué forma quedará trastocada, también, nuestra manera de morir.

Referencias:

Bailly, J.C. 1997. La llamada muda. Ensayo sobre los retratos de El Fayum. Traducción de A. Ruiz de Samaniego. Tres Cantos: Akal, 2001.

Todorov, T. 2001. Elogio del individuo. Ensayo sobre la pintura flamenca del Renacimiento. Traducción de N. Sobregués. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2006.

Mentiras adaptativas

¿Tenemos un concepto realista de nosotros mismos? ¿Podemos predecir con fiabilidad nuestra propia conducta? Teniendo en cuenta que nuestros recuerdoscielo.jpg dependen en mayor medida de nuestro estado presente que de las experiencias pasadas, cabe preguntarse: ¿somos capaces de percibir “objetivamente” el presente? Como expone Myers, autor de uno de los manuales de introducción a la Psicología más famosos, nuestra interpretación del presente está condicionada por una tendencia a percibirnos de un modo favorable: el sesgo a favor de sí mismo.

Una de las implicaciones de este sesgo es que las personas se atribuyen más responsabilidad por sus buenos actos que por los malos. De esta manera, tendemos a interpretar nuestros éxitos como fruto de nuestro esfuerzo y dedicación; mientras que, generalmente, atribuimos nuestros fracasos a la mala suerte o a cúmulos de circunstancias sobre las que no teníamos ningún control. Por otra parte, este sesgo influye en que la mayoría de las personas consideren que están por encima de la media en cualquier característica subjetiva y socialmente deseable. Por ejemplo, en diversos estudios, cerca del 90% de las personas clasificaban su desempeño laboral como superior al de la media de sus compañeros de profesión. El sesgo a favor de sí mismo también se manifestó en una encuesta realizada en Estados Unidos al preguntar: ¿quién tiene probabilidades de ir al Cielo? El 19% de los participantes consideraron que O. J. Simpson lo lograría. El 52% creía que Bill Clinton también cruzaría las puertas celestiales. La figura pública más cercana a ser percibida como un ángel divino fue la Madre Teresa de Calcuta, con un 79% de consenso, pero fue ampliamente superada por el 87% de los que respondieron a la encuesta estando convencidos de que entrarían por las puertas del Cielo.

¿Por qué nos engañamos? Probablemente se debe a que el pensamiento de autoafirmación por lo general es adaptativo. En buena medida, nuestras ilusiones positivas mantienen nuestra confianza en nosotros mismos, nos protegen de la angustia y la depresión, sostienen nuestra sensación de bienestar y nos empujan a la acción. Quizá cabría considerar la afirmación del ensayista inglés William Hazlitt: “la vida es el arte de estar bien engañado”.

El metaverso lejano

snow-crash.jpg Corría el año 1992 cuando Neal Stephenson acuñó el término metaverso para describir un entorno de ficción donde los humanos interactuaban social y económicamente mediante iconos, moviéndose para ello dentro del soporte de un ciberespacio que servía como metáfora del mundo real, aunque sin las limitaciones físicas de éste.

Tuvieron que pasar cerca de diez años -con sus correspondientes campanadas en el carrillón de la Puerta del Sol- para que los metaversos de Stephenson se hiciesen "realidad" en el Universo digital.

En 2007, Habbo, Second Life y muchos otros juegos de rol multijugador masivo online [MMORPG] como los célebres Neverwinter Nights , Ultima Online , EverQuest , World of Warcraft o Guild Wars cuentan con millones de avatares dispuestos a bailar, charlar, discutir, establecer alianzas, comprar o vender armas, destronar reyes, levantar imperios, masacrar ciudades o enriquecerse virtualmente gracias a la especulación digital.

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Saltando de un metaverso a otro, yo puedo ser un jugador de basquet, un troll sanguinario, una espiritual elfa nocturna, un hipnotizador experto en provocar el caos, o una sensual avispa con cabeza de gato, dispuesta a mantener relaciones con cualquier avatar que me ofrezca tantos linden dolars como cuestan mis favores.

Aunque entra de lleno en el objeto de estudio del Grupo ICIV, en este post no tengo intención de analizar las complicaciones/beneficios que podrían derivarse la fragmentación identitaria que se desprende de nuestra inmersión en los citados metaversos digitales, sino de algo mucho más prosaico: la enorme brecha que aún separa la vida analógica de la experiencia virtual.

El 22 de septiembre de 2007, Madrid celebró la segunda edición de La Noche En Blanco, manifestación cultural gratuita y abierta destinada a fomentar, difundir y popularizar la creación contemporánea en todas sus formas: artes plásticas, proyecciones cinematográficas, música, representaciones teatrales, circenses, etc.

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Dentro de todas las propuestas de este año, hubo una que llamó especialmente mi atención: Two Gardens Between Us , del profesor Mario Paul Martínez Fabre.

¿Su objetivo? Convertir los jardines del Palacete del Marqués de Salamanca, sede de la Fundación Astroc , en un espacio de interconexión entre lo digital y lo analógico. Para ser exactos, entre los participantes de La Noche En Blanco y la comunidad virtual de Second Life.

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En el mundo real caía una lluvia fina y tibia que invitaba a pensar en naves en llamas más allá de Orión, mientras el Palacete del Marqués de Salamanca resplandecía bajo los focos dorados.

En mitad del jardín, dos pantallas blancas presagiaban el encuentro entre el metaverso y la vida física, que sendas webcams camufladas en las palmeras se encargarían de hacer realidad, como si al fin se hubiese fabricado un azogue lo bastante puro como para recrear el espejo mágico de Alicia.

Por desgracia, cuando nos acercamos a ellas, la ilusión del contacto se desvaneció. Al otro lado del ciberespacio, delante de la pantalla que representaba el jardín de la Fundación Astroc, sólo se podían ver las espaldas digitales de cuatro avatares despistados. Tanto, quizá, como los visitantes de carne y hueso del jardín real.

¿Por qué las cámaras de Second Life no estaban colocadas de tal forma que los humanos noctámbulos pudiéramos ver los rostros de los avatares que se habían congregado en la recreación virtual del jardín? ¿Les sucedía lo mismo a ell@s con nuestras imágenes?

escher-camaleon.JPGSe suponía que íbamos a disfrutar de un encuentro visual y sonoro entre lo digital y lo analógico, pero por los altavoces estratégicamente dispersos por los alcorques de los árboles no llegaba más que el croar electrónico de una rana virtual, y los maullidos sincopados de un gato digital, al que un avatar "desalmado" -¿o simplemente aburrido?- había metido en la fuente.

¿Dónde estaba la interconexión entre lo digital y lo analógico? ¿Confluyeron en algún momento el metaverso recién nacido con la experiencia artística y cultural en pañales de La Noche en Blanco? Sólo puedo decir que mientras nosotros estuvimos allí, no.

Parece que, como a los camaleones de Escher, aún nos constriñen demasiadas barreras técnicas, mecánicas y psicológicas para que nuestras identidades analógicas y digitales encuentren un espacio de comunicación eficaz.

 

 

 

Cuando mi yo digital se levante con el pié izquierdo

 

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La necesidad biológica, psicológica y digital de un yo no implica que el procesamiento de lo real se realice desde un único punto de vista fijo e inmutable. En un yo caben infinidad de mundos posibles. La intuición prepsicológica ha llegado muy lejos en la constatación de este fenómeno:

- "Los años me han hecho ver las cosas de otra manera": Mi mundo infantil, tan distinto al adolescente, tan distinto al adulto.

- "Y entonces saqué mi faceta salvaje…": Mi mundo laboral, familiar, sentimental…

- "Ese día me había levantado con el pié izquierdo" : El mundo desde mi alegría, desde mi tristeza, desde mis ganas de vivir, desde mi abulia.

Cuando me ponga a trabajar en colaboración con mi yo digital le tengo que dar las claves para hacer posible la emergencia de un mundo. Claves biográficas, sociales y emocionales. Un yo digital anclado en el tiempo, maleable socialmente y, como no, con derecho a levantarse con el pié izquierdo.

Otra diferencia digital más

picasa.JPGEstaba reorganizando mis recuerdos digitales siguiendo las conclusiones y ateniéndome a los conocimientos que habíamos adquirido en el desarrollo del prototipo informático del Yo Digital.

Y mientras lo hacía pensaba que esto mismo lo he realizado muchas veces y conscientemente a lo largo de mi vida. Por ejemplo cuando cambiaba de chica, o más concretamente cuando la chica me cambiaba a mi. Entonces ella y su entorno dejaban de ser recuerdos agradables y reposicionaba a mis amistades.

Por supuesto estos reposicionamientos los hacía de forma consciente y hasta “racional”, sin embargo supongo que inconcientemente lo llevo haciendo con todas mis vivencias aunque no puedo dar fe de ello. Mi instinto de supervivencia se encarga de esa perestroika sin glasnost.

discobolo.jpgOrganizaba mis recuerdos digitales cuando de repente comprobé un error. Aparecía en una foto jugando al frontón con veintipocos, con el torso desnudo y la fotografía mostraba un incipiente michelín. Lo cual es absolutamente falso pues mi memoria histórica no tiene consciencia de esas ligeras imperfecciones hasta épocas muchos más recientes. Yo entonces me recuerdo perfecto. ¿Qué ha fallado? Esto ya no es un problema de posicionamiento de amistades, esto es un error, probablemente una degradación de la fotografía al digitalizarla.

Y es que en el fondo, nosotros con nuestro Yo Digital, agrupando nuestros recuerdos digitales en nuestro PC, o compartiéndolos en la Red, estamos a partir de cierto momento o edad creando la historia que pretendemos nos transcienda. Y la queremos transmitir como fue, es decir, como la recordamos.

Si estamos escribiendo este blog, aparte de por ordenar nuestras ideas y acrecentar nuestra autoestima, es por resaltar esas pequeñas diferencias que existen entre el Yo Biológico y el Yo Digital, y así que todos seamos conscientes del entorno en el que nos movemos.

garciamarquez.jpgProbablemente muchos pensarán que lo anterior es una chorrada, así que reproduciré el comienzo de “Vivir para Contarla” de Gabriel García Márquez:

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla

Ergo, mientras perfeccionamos los mecanismos instintivos de perestroika digitales, pues como en Casablanca:

Siempre nos quedará el Photoshop.

Las ventiscas de 1978, la Guerra Fría y el alcance de la digitalización del yo

 

En torno a un experimento imagDaniel Dennettinario de D.C. Dennett (I) 

 

Era difícil imaginar en 1978 que las tecnologías de almacenamiento, manipulación y transmisión de información hubieran de registrar un desarrollo tan fulgurante que unas pocas décadas bastaran para que cobrase sentido hablar de una incipiente digitalización del yo, cuyo alcance, aún hoy, nos cuesta calibrar.

         

cbbs.jpgEl temporal de viento y nieve que azotó aquel invierno la ciudad de Chicago sirvió para que Ward Christensen y Randy Suess crearan el primer Bulletin Board System, un ingenio que, merced a un protocolo de transmisión de datos binarios a través de modem creado por el propio Christensen, permitía a múltiples usuarios intercambiar mensajes -también software, o imágenes- a través de una línea telefónica. Pero acontecimientos sin duda más pasmosos atrapaban entonces la imaginación y el miedo de la ciudadanía. Pocos días después del temporal, un satélite soviético de exploración oceánica, Cosmos 954, regresaba a la atmósfera terrestre sin haber logrado desprenderse del reactor nuclear que albergaba, y se estrellaba contra nuestro planeta en algún lugar de los Territorios del Noroeste, en Canadá. En Washington, ya en primavera, el presidente Jimmy Carter anuncia que los Estados Unidos postergarán la producción de la bomba de neutrones. Sin atomic-blast.jpgembargo, la política de reducción de la tensión que el entonces Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, Leónidas Brezhnev, llevaba impulsando desde mediados los años 60 -la détente- daba ya sus últimas bocanadas. Chile, Angola, Afganistán, Irán, Nicaragua: los continuos fogonazos entre las potencias anunciaban un nuevo recrudecimiento de la Guerra Fría. En las elecciones presidenciales del 4 de noviembre de 1980, Ronald Reagan se haría con el voto de 44 de los 51 estados.  Poco después, el recién elegido presidente proclamaría la puesta en marcha de su Iniciativa de Defensa Estratégica -más conocida como “Guerra de las Galaxias”. El acuerdo de no proliferación de armas nucleares estratégicas que Carter y Brezhnev habían alcanzado en Viena en 1979 nunca llegaría a ser ratificado.

          Daniel Dennett, entonces un joven filósofo formado en Harvard y Oxford, publicó en 1978 un atrevido ensayo en el que relataba cómo había sido captado por “unos agentes del Pentágono, que me pidieron que me prestara voluntario para una misión altamente secreta y altamente peligrosa. […E]l Departamento de Defensa estaba invirtiendo miles de millones de dólares en el desarrollo de un Sistema Supersónico de Tunelación Subterránea, o SSTS. Estaba diseñado para penetrar a toda velocidad a través del centro de la Tierra hasta depositar una cabeza nuclear ‘directamente bajo los silos de los misiles comunistas’, en palabras de uno de los jefazos del Pentágono.” Todo era una farsa, claro, pero las aventuras y desventuras inventadas por Dennett anticipaban la idea de la digitalización del yo probablemente mucho más allá de lo que Christensen y Suess hubieran podido imaginar.

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          La cuestión es que la participación de Dennett en la misión exigía una decisión heroica: debía desprenderse de su propio cerebro –lo que el Cosmos 954 no había podido hacer con su reactor nuclear. Para evitar daños neurológicos debidos a las radiaciones que la cabeza nuclear provocaba en las profundidades de la Tierra, el cerebro de Dennett sería extirpado, y “se guardaría en un lugar seguro desde el que podría ejecutar sus funciones de control normales a través de elaboradas conexiones de radio. […] Cada vía nerviosa aferente y eferente, según fuese seccionada, quedaría reemplazada por un par de transductores de radio microminiaturizados, uno conectado con toda precisión al cerebro y el otro a los muñones nerviosos de mi cráneo vacío.

 

brain-in-a-jar.jpg           La cirujía -contaba Dennett- se había desarrollado, sin la menor desviación respecto a lo planificado, en el Centro de Aeronáutica Espacial Tripulada de Houston, Texas.  Mientras su cerebro flotaba en una cubeta que sostenía artificialmente sus funciones vitales, el cuerpo de Dennett sería trasladado a un emplazamiento secreto cerca de Tulsa, Oklahoma, desde el cual se adentraría en el ciclópeo túnel. Una vez allí abajo, justo cuando “me acababa de poner a trabajar con el soplete […] de repente sucedió algo terrible. Me quedé sordo como una tapia. Al principio creí que se me habían roto los auriculares de la radio, pero al dar unos golpecitos sobre el casco, no oí nada. Al parecer, los transductores auditivos se habían ido al garete. Ya ni oía a Houston ni me oía a mí mismo, pero podía hablar, así que empecé a contarles lo que había pasado. A mitad de frase, me di cuenta de que algo más andaba mal. Mi aparato fonador se había quedado paralizado. En ese momento se me durmió la mano derecha –otro transductor menos. Realmente me había metido en un lío. Pero lo peor aún estaba por llegar. Al cabo de unos minutos, me quedé ciego. Maldije mi suerte y maldije a los científicos por ponerme en semejante peligro. Ahí estaba: sordo, mudo y ciego, en un agujero radiactivo a más de una milla de profundidad debajo de Tulsa. Entonces falló la última de mis conexiones de radio cerebrales, y de pronto me encontré con un problema aún más pasmoso: hacía sólo un instante estaba enterrado vivo en Oklahoma, y ahora estaba en Houston, desencarnado. No reconocí mi nuevo estatus inmediatamente. Me llevó varios minutos de ansiedad hasta que caí en la cuenta de que mi pobre cuerpo estaba a varios cientos de millas de mí, con el corazón latiendo y los pulmones respirando, pero por lo demás tan muerto como el cuerpo de cualquier donante de corazón, y con el cráneo lleno de chatarra electrónica totalmente inútil.

          Desde que despertara de la anestesia, la intervención quirúrgica había suscitado en la mentalidad filosófica de Dennett múltiples inquietudes, que al fin y al cabo de condensaban en una inocente pregunta -la que tanta gente hace al recuperarse de una anestesia general, o de una pérdida de consciencia por otras causas: ¿dónde estoy? Pero la respuesta, en su caso, era más espinosa de lo habitual, dado que su cuerpo estaba en un lugar y su cerebro en otro.

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          En marzo de aquel año, el Soyuz 28 había completado con éxito su misión en el programa Intercosmos, acoplándose a la estación orbital Salyut 6. Uno de los cosmonautas  que regresaban a la Tierra con Soyuz 28, Yuri Romanenko, padecería terribles dolores de muelas durante buena parte del trayecto, que sólo pudo aliviar con agua caliente –y con los mensajes patrióticos y revolucionarios del camarada Brezhnev. Los desastrosos sucesos del túnel de Tulsa eran, qué duda cabe, mucho más graves que un dolor de muelas, pero  al menos servían para  aclarar algunas de preocupaciones filosóficas respecto a la localización del yo.

          Desencarnado, Dennett recuerda que su “[…] estado de ánimo era caótico. Por un lado, estaba muy excitado con mi descubrimiento filosófico y me estaba devanando los sesos (una de esas pocas cosas de toda la vida que aún podía hacer) intentando averiguar cómo comunicarlo a las revistas especializadas; por otro lado, estaba amargado, solo, y abrumado por la incertidumbre y el miedo. Por supuesto, esto no duró mucho, ya que mi equipo de mantenimiento me sedó y me dejó en un sueño sin sueños […]”. Despertaría un tiempo después para descubrir que los científicos del programa habían logrado conectarle a un nuevo cuerpo, sobre cuyo origen prudentemente prefirió no indagar. No en vano, un afamado novelista y divulgador científico, David Rorvik, acababa de publicar In His Image: the Cloning of a Man, un libro en que relataba su participación en un proyecto de clonación de un ser humano adulto -un magnate al que se daba el nombre de Max. El programa, según Rorvik, había culminado con éxito, aunque no podía aportar pruebas de ello. El 3 de marzo de 1978, el libro de Rorvik era portada del New York Post. Sea como sea, el hecho de que siguiera reconociéndose como Daniel Dennett, pese a que todo su cuerpo -salvo el cerebro- hubiera sido reemplazado por otro, fortalecía su convicción de que el cerebro es la sede del yo.

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          Pero el reencuentro corporal con su cerebro -la visita a la sala que albergaba la cubeta donde reposaba su cerebro- le reservaba nuevos motivos de estupor. En su primera llegada a esa sala, después de la operación inicial, Dennett había tenido oportunidad de combatir su propia incredulidad desconectando el interruptor del sistema de mantenimiento vital de su cerebro – un venerable gesto filosófico, emparentado con la serenidad con que Sócrates bebiera la cicuta. Naturalmente, eso había provocado su inmediato desmayo, pero los médicos sólo tuvieron que volver a conectar el dispositivo para reanimarlo.  En su segundo encuentro con su propio cerebro, Dennett había reiterado el mismo gesto, pero esta vez, para su desconcertada preocupación, no sucedió nada, ni siquiera un leve mareo. Ante sus protestas, el director del proyecto trató de tranquilizarlo: “Al parecer, antes incluso de la primera operación, habían construido un duplicado computacional de mi cerebro, reproduciendo por completo tanto su estructura de procesamiento de información como su velocidad computacional en una súper-computadora. Tras la operación, pero antes de atreverse a enviarme a mi misión en Oklahoma, habían tenido al programa y a [mi cerebro] funcionando en paralelo. Las señales que llegaban de [mi cuerpo] se enviaban simultáneamente a los transductores de [mi cerebro] y al sistema de input de la computadora. Y los outputs de [mi cerebro] no sólo se reenviaban a mi cuerpo […]; se grababan y se contrastaban con las señales que simultáneamente emitía el programa informático, el cual, por razones oscuras para mí, se llamaba Hubert. Durante días, durante semanas, los outputs eran idénticos y sincrónicos, lo cual desde luego no demostraba que hubieran conseguido copiar la estructura funcional del cerebro, pero suponía un apoyo empírico muy alentador.” Hubert Dreyfus, un filósofo de la Universidad de California en Berkeley que, como estudiante, había coincidido en Harvard con Dennett, había publicado en 1972 una durísima crítica de los trabajos de los pioneros de la Inteligencia Artificial y de sus presupuestos teóricos.

          El caso es que ya no era el cerebro de Dennett quien controlaba su nuevo cuerpo, sino su simulación digital. La sincronía entre ambos era tan perfecta que el propio Dennett podía, a su antojo, alternar entre el control biológico y el computacional de sí mismo con tan sólo pulsar un botón. La transición era suave como la seda: podía incluso producirse a mitad de una frase particularmente ingeniosa, y el cerebro o su réplica digital, según el caso, la completarían sin titubear. Dennett tenía, en el más pleno sentido de la expresión, un yo digital.

          Las oportunidades que ofrecía su nueva circunstancia eran casi inabarcables: “¿Acaso no había muchas cosas que me apetecía hacer, pero que, al ser sólo una persona, no había podido hacer? Ahora, un Dennett podría quedarse en casa y ser el buen profesor, padre y esposo, mientras el otro podría lanzarse a una vida de viajes y aventuras –añorando a la familia, claro, pero feliz por saber que el otro Dennett mantenía vivo el hogar. Podía ser fiel y adúltero al mismo tiempo. Incluso podía ponerme los cuernos a mí mismo –por no hablar de otras lujuriosas posibilidades que mis colegas estaban encantados de imponer a mi sobrecargada imaginación.

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          El signo de los días que había vivido desde que aquellos agentes del Pentágono se pusieran en contacto con él, sin embargo, habían hecho mella en el ánimo de Dennett, y le preocupaban más otras cuestiones. “El aspecto realmente inquietante de esta nueva situación era la perspectiva, que no tardé en advertir, de que alguien desconectara el repuesto […] y lo conectara a otro cuerpo […]. Entonces (si no antes) habría dos personas, eso estaba claro. Uno sería yo, y el otro sería una especie de súper-gemelo mío. Si hubiera dos cuerpos, uno controlado por [la simulación digital de mi cerebro] y el otro por [mi cerebro], ¿a cuál de los dos reconocería la sociedad como el verdadero Dennett? Y más allá de lo que la gente decidiera, ¿cuál de los dos sería realmente yo? ¿El que tuviera el cerebro [biológico], en virtud de su prioridad causal y su antigua intimidad con […] el cuerpo original de Dennett? Esa opción parecía demasiado legalista […] como para resultar convincente en un plano metafísico. La perspectiva de que existieran dos Dennetts [...]me parecía aberrante, sobre todo por motivos sociales. No quería ser mi propio rival por el cariño de mi esposa, ni tampoco me atraía la idea de tener que compartir mi modesto sueldo de profesor con otro Dennett. Todavía resultaba más vertiginosa y más desagradable, con todo, la noción de saber tanto sobre esa otra persona, a la par que ella sabía lo mismo sobre mí. ¿Cómo podríamos mirarnos a la cara?

Referencias:

Dennett, D.C. 1978. “Where Am I?”, en D. Dennett, 1978. Brainstorms: Philosophical Essays on Mind and Psychology. Cambridge, MA.: MIT Press / Bradford Books.

Dreyfus, H.L. 1972. What Computers Can’t Do. Nueva York: Harper&Row. Segunda edición revisada: 1979. Nueva York: Harper & Row. Tercera edición revisada: 1992. What Computers Still Can’t Do. Cambridge, MA.: MIT Press.

Rorvik, D.M. 1978. In His Image: the Cloning of a Man. Nueva York: Pocket Books. Traducción castellana de H. González Trejo: A su imagen. El niño clónico. Barcelona: Mundo Actual, 1979.  

En primera persona-ii. Triple Autorretrato

El "Triple Autorretrato" de Norman ROCKWELL

N.Rockwell.   Triple Autorretrato. El 25 de septiembre, se refirió en este Blog, una entrada sobre las características principales del conocimiento autobiográfico , y, también el 17 de septiembre, sobre los tipos de auto-conocimiento o conocimiento referido a nuestra propia vida e historia. Este conocimiento propio, en las personas, se halla articulado, engarzado, contenido en modelos de memoria referidos a uno mismo: narraciones, retratos lógicos, o con más exactitud, auto-narraciones y auto-retratos lógicos. Esta descripción de tales modelos se apoya en juegos meta-lingüísticos, para identificar a los protagonistas-constructores del modelo. La descripción usa expresiones como: constructor construido, autorretratista, pintor de autorretrato, escultor esculpido, dibujante dibujado, pintor pintado o narrador narrado.

Tales nociones responden y se ordenan en algunas tradiciones gnoseológicas que tocan a la filosofía y a la ciencia. La visión del conocimiento como construcción activa (frente a la visión de copia pasiva de la realidad del empirismo y positivismo) se viene denominando: constructivismo. Recoge hitos en I.Kant. J.Piaget y Vigotski. De formá más específica, la idea de 'pintura lógica': pintura como representación que aprehende hechos reales es de Wittgenstein, la idea de narración como telaraña de palabras proviene de Dennett y la idea de 'modelo mental' de Ph. Johnson-Laird.

El concepto de retrato en pintura siempre tuvo una dimensión interpretativa que recogía el saber mirar del autor. Este caracter, se acentuó con la aparición de la fotografía.

Un autorretrato es la exposición de la visión del propio yo del autor; de un "modelo mental" de sí mismo. Especialmente, el "Triple Autorretrato" de Norman Rockwell, 1960, supone una de las mayores reflexiones s.XX sobre el concepto de autorretrato. Se presenta como triple, siendo en realidad, octuple como mínimo.

Es una continua 'alusión' al autorretrato que se dispone en varios niveles de meta-lenguaje, algunos jerárquicos; no todos.

Aparece:

(1) una realidad: el pintor pintando de espaldas; alusión a Vermeer por lo 'de espaldas' y a los que se representaron a sí mismos pintando,

(2) una realidad reflejo-espejo: refiere a un tema crucial y velazquiano en la historia de la pintura,

(3) una realidad interpretada: el retrato (auto) que el pintor pintado pinta; es su Yo psicológico: más joven, sano y feliz frente al reflejo 'real',

Rockwell.    Triple  autorretrato

 

 

(4) una realidad trabajada-ensayada: los bocetos de su obra-retrato en el lado izquierdo de la composición,

(5) Aparecen también 'citas'. Son la inspiración y el reconocimiento, pero las circunscribe a otros autorretratos célebres en el lado derecho: Durero, Rembrandt, Picaso, Van Gogh. También se considera una 'cita' pictórica al casco romano que aparece central en el autorretrato; representa el imperio y, en pintura, el tema más imperial ha sido el retrato. Es una cita o alusión al propio concepto de retrato,

(6) Rockwell también ha auto-retratado aquí, sus auto- pinceladas psicológicas: al menos el desorden -por doquier-en el que llega a incluir una coca-cola a punto de verterse sobre el material de trabajo, pero también nos transmite el empeño y meticulosidad en su labor y vida,

(7) Auto-retrató, del mismo modo, la identificación con su país. Esto para quien es internacianalmente conocido como estadounidense y transmisor comprometido con la realidad norteamericana y el 'american way of life'. Estos aspectos de identidad nacional en el retrato se advierten, sutiles, además de en el propio Rockwell, en la coca-cola, y sobre todo, en la moldura del espejo donde se adivinan las barras y estrellas junto al águila de la tradición estadounidense,

y, (8) algo de su historia personal: esto se advierte en el central y sobredimensionado TIENTO del pintor, junto al pincel activo y los pinceles y pinturas en desorden. No sólo autorretrata una imagen junto a elementos personales, pues, autorretrata del mismo modo, el mismo acto de auto-retratar. Pero, la historia personal, se halla también en la papelera que refuerza la imagen (auto-imagen) de desorden. La historia propia está en el HUMO que desprende la papelera. En varias ocasiones al pintor le salió ardiendo en su vida real la papelera. No solo ha retratado el desorden también retrata el TABAQUISMO, aquí, como en la triple pipa. Sería el equivalente a la venda en la oreja en alguno de los autorretratos de Van Gogh.

Neurobiología del yo

¿Nuestro sentimiento de la propia identidad depende de alguna región cerebral en particular o todas son igualmente importantes? Los estudios depicasso.bmp neuroimagen que pretenden desentrañar cómo el cerebro engendra de forma constante el sentimiento de identidad se han apoyado en que la información que se etiqueta como referente al propio yo se recuerda mejor.

Como señala Carl Zimmer en un artículo publicado en el número de Enero de 2006 de Investigación y Ciencia, el que la información relacionada con el yo se recuerde mejor tiene dos posibles interpretaciones. La primera sería que recordamos mejor esa información porque estamos más familiarizados con nosotros mismos que con los demás. La segunda interpretación sería que el cerebro se vale de un sistema distinto y más eficiente para procesar la información concerniente al yo, es decir, se procesa de una manera especial la información relacionada con el yo.

0003_beso_cerebro_01.gifSe han realizado diversos experimentos para tratar de aclarar estas cuestiones. Por ejemplo, en un experimento se presentó una lista de palabras y se pidió a los participantes que decidieran, por una parte, cuáles de esas palabras se les podían aplicar a ellos mismos y, por otra parte, cuáles se podían aplicar a otras personas. Se observó que las preguntas concernientes al yo desencadenaban un patrón de actividad cerebral diferente respecto de las preguntas concernientes a otras personas. En otro experimento participaron futbolistas y actores, que juzgaron adjetivos que valían mejor para uno de los dos grupos (atlético o regateador para los primeros y cómico o dramático para los segundos) y adjetivos inespecíficos (desordenado o fiable). Al pedir que decidieran, uno a uno, si los adjetivos les eran aplicables o no, se observó una activación cerebral distinta ante los adjetivos que estaban relacionados con la propia profesión. Los resultados experimentales, por lo tanto, parecen encajar mejor con la interpretación de que el cerebro utiliza un sistema distinto para procesar la información referente al yo. También parece que algunas áreas cerebrales podrían ser especialmente relevantes dentro de dicho sistema (por ejemplo, la corteza prefrontal medial).

En cualquier caso, es importante tener en cuenta que las investigaciones sobre la red de la propia identidad y su funcionamiento son muy recientes. De momento, los hallazgos obtenidos no permiten descartar ninguna de las interpretaciones propuestas hasta la fecha para explicar por qué recordamos mejor la información que se refiere a nosotros.

La memoria está en los besos

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La memoria está en los besos, sentenció Antonio Mercero, y Mara Torres -presentadora de La 2 Noticias- puso cara de póker, como si temiera que la entrevista se le escapase de las manos.

Fue el pasado 19 de septiembre, cuando el director acudió a promocionar ¿Y tú quién eres?, su última película, donde el actor Manuel Aleixandre encarna a un paciente de Alzheimer en las primeras fases de la enfermedad.

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Hace ya unos meses, en este blog se habló de la pérdida de la identidad que provoca el trastorno descubierto en 1906 por Alois Alzheimer. Por eso no tengo intención de volver ahora sobre el tema, sino de reflexionar sobre algunos otros que se derivan de la conversación entre Antonio Mercero y Mara Torres, y estrechamente vinculados a las facetas virtuales de nuestra vida digital.

Cuando Mercero decía la memoria está en los besos, se refería de un modo poético al hecho de que la información con carga emocional establece huellas mnésicas más profundas y duraderas que los datos asépticos, como mi compañera Pilar Gallo ha señalado en entradas anteriores.

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Sin embargo, el primer problema que ingenieros y usuarios encontraron al empezar a poblar este mundo digital en que ahora nos movemos como peces -binarios- en el agua, era la imposibilidad de intercambiar "besos", entendidos como una metonimia de la afectividad humana… Y precisamente un 19 de septiembre de 1982, Scott E. Fahlman transmitió el primer emoticono en las BBS de la Facultad de Informática de la Universidad Carnegie Mellon, con la única intención de dotar de un significado emocional a las comunicaciones escritas.

Por supuesto, los términos tecnológicos han cambiado bastante desde aquellas caritas diseñadas en código ASCII hasta las actuales prácticas de sexo virtual en Second Life, pero lo que parece innegable es que la vida digital necesita acompañerse de una expresión emocional, a imagen y semejanza de la que se desarrolla fuera de la web.

Tal vez por eso en su entrada "Ya nada es eterno, espero" José Sánchez indicaba que, según encuestas del Reino Unido, las relaciones virtuales ya superan a las reales, y diversas investigaciones en redes sociales digitales corroboran este dato, destacando la fuerza de los lazos afectivos que se generan en entornos digitales.

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Ahora bien, si como hemos postulado en la Tercera Ley del Yo Digital, nuestra identidad biológica no es algo distinto, ajeno e independiente de nuestra(s) identidad(es) virtuales, sino que todas ellas interactúan vivamente entre sí, produciendo la emergencia de un sistema cognitivo conjunto que se retroalimenta, enriquece y modifica con cada intercambio, ¿qué recuerdos dejarán en nosotros esos amig@s digitales de los que sólo conocemos su nick y su avatar? ¿Qué huella mnésica será más estable: la producida por una vibrante partida de Última contra 3.000 jugadores online, o la de un Risk compartido con tu grupo de amigos y sus respectivas cervezas?

¿Qué recuerdos preservarán durante más tiempo los enfermos de Alzheimer o Parkinson del 2050, los derivados de su vida analógica, o de sus experiencias digitales? ¿Podrán desentrañar unos de otros los psicólogos, psiquiátras, neurólogos y terapeutas ocupacionales que los asistan?

Tal vez no sea necesario hacerlo, y nuestra vida digital de hoy nos ayude a luchar mañana contra las demencias que amenazan con borrar incluso la memoria que atesoran los besos.