Archivo de mayo, 2008

¿Y si mi vida digital me sobrevive?

Recientemente he leído una interesante reflexión titulada "Personal Agents for Impersonal Interaction" (Agentes personales para la interacción impersonal) sobre los agentes "reminder" que te recuerdan el cumpleaños de un familiar o un amigo. Según comenta el autor, cada vez serán más frecuentes estos servicios y, por tanto, cada vez se recibirán más correos por parte de estos agentes solicitando tu fecha de cumpleaños para que alguien se acuerde de felicitarte. El autor propone ir un paso más allá y que un agente filtre las peticiones y las responda automáticamente. O incluso que el agente automáticamente elija la tarjeta de felicitación apropiada para la ocasión y la envíe. El autor sostiene que si esto se convierte en una realidad, a medida que estos servicios y tu red social se extiendan, no darás abasto para contestar a todas las felicitaciones que te lleguen el día de tu cumpleaños. Por tanto, deberán existir a su vez agentes que contesten con un "Gracias" a las felicitaciones. Cuando se llegue a este nivel de automatización de la interacción, los agentes seguirán enviando y respondiendo a felicitaciones incluso cuando las personas ya no estén en este mundo. Los inmortales

En la entrada "El arte del olvido" de Juan, ya se hablaba de perpetuar nuestro recuerdo más allá de nuestra propia muerte. Y cuando arrancamos el proyecto del Yo Digital la utilidad del mismo como "Mi legado" estaba ya claramente identificada. Pero este legado del Yo Digital no sólo se refiere a mis recuerdos en forma de fotografías, escritos, canciones o hechos, sino también a mi personalidad, mis gustos y mis preferencias. En la medida en que mi Yo Digital vaya descubriendo todas mis facetas, evolucionando y aprendiendo de mí, llegará un momento en que debería ser capaz de intuir mis respuestas y acciones. A partir de ese momento mi Yo Digital podría sugerirme e incluso comprar los libros que me gustan o interesan, recomendarme contFuturamaestar o no el teléfono según quien llame, gestionarme las vacaciones de mis sueños, etc.

Pero si mi Yo Digital también es capaz de predecir mis emociones, ¿podrá sustituirme y así seguir existiendo tras mi muerte?, ¿podrán mis tataranietos mantener una conversación conmigo como si todavía estuviera viva (suponiendo que les interese hablar conmigo)? Si esto fuera así, tendríamos algo parecido a las cabezas parlantes en conserva de la serie Futurama. O siendo catastrofistas, incluso puede que en unos cuantos años el hombre haya acabado con la especie humana, y tengamos un mundo poblado exclusivamente por identidades digitales.

Llegados a este punto, seguramente podremos distinguir dos grupos personas según su opinión al respecto. Las que opinan que es maravilloso poder seguir viviendo tras la muerte y que las generaciones futuras puedan conversar con personas como Nelson Mandela , Bruce Springsteen o Bill Gates (ídolos los hay de todos los tipos). Y las que les viene a la cabeza algo como la canción de Queen "Who wants to live for ever?" (¿Quién quiere vivir para siempre?) y la mítica película "Los inmortales". ¿A qué grupo pertences tú?

Viejas glorias, nuevas identidades, y emociones desconocidas

lavoisier.jpgSi me pidieran una máxima para definir esta primera década del siglo XXI en la que nos encontramos inmersos, yo me decantaría por reformular la Ley de conservación de la materia de Lavoisier: ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Y no hay más que ver las carteleras de los cines, las propuestas musicales, o los escaparates de las tiendas de ropa para comprender el sentido de mi afirmación.

Desde que George Lucas abriera la "caja de las precuelas" en 1999 con su Episodio I: La Amenaza Fantasma, el siglo XXI parece haberse convertido en un revival de viejas glorias y grandes mitos de años, que alcanza su culmen en estos días con el estreno de la cuarta entrega de Indiana Jones , vinculado esta vez a una roswelliana calavera de cristal.episodio-i.jpg

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En lo que respecta a la música del siglo XXI, se observa un fenómeno muy similar: ahí tenemos a The Police o Led Zeppelling en Gran Bretaña, y a Hombres G o Nacha Pop en nuestro país, por citar sólo cuatro ejemplos que llenan los estadios y rompen los corazones tanto de sus fans más nostálgicos, como de sus hijos e hijas.
Desde mi punto de vista, e independientemente de sus repercusiones artísticas, este fenómeno del revival está sirviendo de plataforma para la visibilización de una nueva categoría social (¿una nueva definición identitaria?) que unos años atrás quedaba reducida al más puro estigma social: el friki
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Todavía no hay acuerdo en la definición de esta categoría -véanse si no las discusiones suscitadas en la Wikipedia al respecto-, pero por tercer año consecutivo el 25 de mayo se ha celebrado el Día del Orgullo Friki en distintas ciudades españolas, con conexión directa entre Belgrado y el Círculo de Bellas Artes en el caso de Madrid para dar ánimos al representante nacional en Eurovisión, concuso friki donde los haya desde hace años, por cierto.

 

He aquí por qué me decanto por la Ley de conservación de la materia para catalogar al siglo XXI: porque los viejos epítetos y las categorías estancas del pasado están sufriendo un proceso de reciclaje similar al del vidrio o el plástico, y lo que antes era "inútil", "ridículo", "vergonzoso" o "extraño" se convierte ahora en estandarte identitario no ya para un colectivo o una generación, sino incluso para todo un país, aún a pesar de la polémica suscitada al respecto.

Por supuesto, también sostengo que esta emergencia identitaria encuentra un caldo de cultivo extraordinario en el mundo digital, y muy especialmente en las redes sociales de Internet, que permiten compartir información y patrones de conducta a velocidades insospechadas, pero también ensayar facetas de personalidad en entornos "seguros" para la identidad analógica del usuario, que descubre la capacidad de hacer explícitas emociones tan intensas como la euforia, el orgullo o la animadversión sin arriesgarse a sufrir el ostracismo social por ello.

Sin embargo, aún parece que nos queda un buen trecho para que esas identidades virtuales adquieran una nexi-2.jpg aceptación social completa. O al menos, eso podemos afirmar al ver los comentarios que suscita en la web uno de los últimos trabajos de ingeniería artificial presentados por el MIT: Nexi, el robot social, llamado así por su capacidad para expresar facialmente algunas emociones básicas del ser humano.
Nexi

La ficción onírica

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De vez en cuando la ciencia divulga un dato especialmente sugerente por su alto valor explicativo. Del que voy a comentar a continuación surgen planteamientos que pueden llegar a afectar a nuestro yo digital:

EL SUEÑO REM COMO UN ESTADO COGNITIVO DE FICCIÓN: La fase de sueño REM -la que remata los ciclos de sueño, en la que movemos rápidamente los ojos, en la que soñamos- es más duradera en las etapas vitales de aprendizaje. En los niños más que en los adultos y en las especies que aprenden más que en las especies con baja capacidad de modificarse en función de la experiencia.

¿Es el sueño REM un espacio de ficción en el que nuestra mente simula, sin consecuencias adaptativas, todas las alternativas vitales?. Esto explicaría parte del misterio que rodea a los sueños: el alto nivel de actividad cortical, su contacto con la realidad y su despegue, la intuición que tenemos de que los sueños influyen en nuestra vida, su estética, su intensa emotividad…

Para una especie tan compleja como el ser humano sería imprescindible la ficción. De ficción carecen los trastornos generalizados del desarrollo (autistas, asperger…). Los espacios de ficción se amplian en el mundo virtual. Entretenimiento y…. aprendizaje. Y el yo digital permitiendo su control y supervisión.