El tiempo digital también es relativo
by José Sánchez Sánchez
Parece una perogrullada, pero es así, es relativo. Este verano, cuando más lento pasa el tiempo, es cuando más consciente fui. En el sopor de las vacaciones los eventos fluían sin el orden establecido, esto es, tras trasnochar veía a Nadal en el Open de …, pero por la mañana al comprar los periódicos, contaban los partidos cómo si fuesen a suceder, cuando en realidad ya habían sucedido. Lo único que guardaba su ritmo era el Tour de Francia. Y luego ¿vinieron Olimpiadas, ¿las vimos en directo? No. ¿En orden? Tampoco. Además para mi, que soy un romántico, perdieron parte de su encanto al ser consciente de que la señal estaba deliberadamente retrasada 10 seg por si las autoridades chinas tenían que censurar algún “desaguisado”. ¿Qué significaba esto? Pues que sabía que mientras yo veía en los tacos a Usain Bolt él ya había llegado, y lamentablemente era consciente de mi situación.
Otras desincronizaciones son más naturales o más cotidianas. Todos hemos experimentado cómo dos retransmisiones van separadas por un par de segundos según reciban la señal de la TDT, el Satélite o la vieja TV analógica. En las retransmisiones del directo es más evidente. Por ejemplo, me fui con mi hijo a ver el Italia Alemania del pasado mundial de futbol a un pub internacional. Íbamos con Italia, el público estaba equilibrado, una tercera parte de alemanes, otra de italianos y otra de nacionales. Todos mirábamos las modernas y enormes pantallas planas, que retransmitían digitalmente. Sin embargo en los corners y las faltas, mi hijo y yo nos volvíamos y mirábamos la panzuda, vieja, con nieve pero presta TV analógica. Y en una de esas Italia metió gol, mi hijo y yo lo cantamos, y a los dos segundos el resto del pub chilló, y luego cuando pasó la euforia nos miraron como a bichos raros, pero el mal ya estaba hecho, que hacer, mirar las nítidas y modernas TV o la vetusta del ángulo olvidado.
Si un evento único se observa en momentos diferentes por observadores que además están en el mismo lugar es porque el tiempo, en este caso digital es relativo. Tanto como concluyó Einstein con su famoso tren.
Acaba aquí estas irregularidades. No, sin movernos del sitio nos encontramos con seres que viven en distintas edades digitales. Empecé hace un mes a dar clases en la universidad, y me surgía precisamente esa duda. Vivirán mis alumnos, nativos digitales, una época más avanzada que la mía, o me habré salvado de la obsolescencia tecnológica gracias a mi entorno de trabajo, y en menor medida a mi interés. Dominarán a la perfección la nueva web 2.0 way of life en cuyo caso seré ya una víctima de la brecha digital o aun tendré alguna ventaja competitiva tecnológica con la que suplir la inevitable deficiencia de agilidad mental de los años. Luego no fue para tanto, pero me di cuenta que cada uno estamos pegado a un tiempo digital distinto.
Quizá los más adelantados en este caso son unos conocidos que en cierto momento me parecen cyborg, por la cantidad de gadgets que llevan pero que viven más cerca del mundo y el tiempo digital que del analógico. A saber, ven a un conocido aparcando y dando con el parachoques a los cubos de basura, lo graban en directo y lo transmiten al ciberespacio. Twitean en cualquier reunión y están continuamente conectados. A mí me resulta imposible seguirles el ritmo, mi tempo digital es más perezoso, y además muchas veces desconecto y me vuelvo terriblemente analógico. O lo que es peor, terriblemente vago. Siempre he dicho que soy tan vago como mi intelecto me permite, y a lo peor, en esta crisis digital que estoy pasando el problema es que mi tempo digital no me permite vaguear tanto como estaba acostumbrado en un tiempo analógico.
Estas disrupciones temporales no son nuevas, y siempre se han hecho evidentes especialmente cuando había viajes. Todos recordamos las películas de ciencia ficción con sus paradojas espacio tiempo, que admitimos como dogma de fe en muchos casos, y olvidamos lo difícil que sería gestionar el imperio donde nunca se ponía el sol. Entonces Felipe II mandaba un virrey a las Indias con unas alianzas geoestratégicas y cuando llegaba probablemente estas habían cambiado. Eso sí que era desfase temporal.
De cualquier forma estas reflexiones debí escribirlas en verano, cuando se me ocurrieron, pero entonces estaba en plena eclosión creativa analógica viendo puestas de sol en el golfo de Cádiz, y total, me dije, qué más da, el tiempo digital también es relativo.
Además, las noticias vienen de donde vienen las noticias: ni más ni menos que San Francisco, California, ni más ni menos que la
elantado (léase con tanto aire irónico como quiera cada uno: ¿en qué terreno no se ha adelantado Microsoft al signo de los tiempos, últimamente?). Su flamante jefe de software, Ray Ozzie, había marcado ya el rumbo de una decidida apuesta por la red y por la integración de tecnologías. 
informes del trabajo, las invitaciones del cumpleaños del niño, los historiales médicos, los datos de Hacienda, las cuentas del banco, los libros que estamos leyendo, la guía con la que estamos preparando el viaje que haremos en verano, las canciones, incluso la balada de “Revolver” en que Paul McCartney intentaba cantar a lo Marianne Faithfull… Bien. Ésa es –qué duda cabe– parte de la intuición original que animó la idea del Yo Digital. Si Microsoft ha decidido traerla, pronto estará aquí.
Sobre Live Mesh, por otra parte –como sobre Windows– podrían funcionar aplicaciones de todo tipo, tuvieran o no la firma de Microsoft. La estrategia –
Lo importante es que la sincronización de información que se nos propone sigue siendo eso: sincronización de información, fusión de carpetas –carpetas, no nos dejemos engañar por la metáfora: los viejos directorios. Pero nada se atisba en Live Mesh de la idea de integración psicológica de esa información, de la capacidad que hemos tratado de otorgar al Yo Digital de dar sentido a ese maremágnum de datos, de darle la forma misma de nuestra vida. Lo hemos reiterado una y otra vez, con múltiples ejemplos: querríamos encontrar de pronto aquella canción de los Beatles -¿o era de McCartney en solitario?– que escuchábamos tanto durante el viaje por Gales, un verano -¿qué año sería?– y que aún nos provoca una agradable melancolía, acaso de un particular matiz azulado… pero quién sabe en qué carpeta estará. Queremos, sí, poder buscarla en cualquier parte, aunque no estemos en casa. Pero también poder buscarla como si estuviéramos en casa: tal como buscamos las cosas en los laberintos de nuestra propia memoria.
Más: ni rastro parece haber en Live Mesh, tampoco, de las herramientas de gestión de identidades y redes sociales que forman parte del corazón del Yo Digital. Pero ya sabemos que quien busca tal o cual documento bien puede ser la esmerada profesional, la alocada noctámbula, la madre abnegada, la princesa élfica…, que casi todo cambia –sólo casi todo– según el caso, y que querríamos que la tecnología se hiciera eco de estos cambios en lugar de obligarnos a mostrar siempre ante ella una misma cara de nosotros mismos: el sufrido, resignado usuario.
información, pero todavía no saben cómo rentabilizarla. La publicidad es la posibilidad más obvia que se baraja fundamentalmente como fuente de ingresos. Sin embargo no todos los usuarios parecen estar muy por la labor de que se use su información para ofrecerles publicidad personalizada o
intenta representar la maleta que aparece en el logotipo de DataPortability, que es la iniciativa en este ámbito que parece tener más probabilidades de triunfar. Se espera que para el verano exista ya una primera versión y los gigantes de Internet y las redes sociales parece que han dicho que lo van a aceptar (habrá que ver la interpretación que hacen de la iniciativa y en qué términos permiten las migraciones de datos).
reciando en la Web, acercándose cada vez más a un medio participativo en el que los usuarios colaboran para crear, evaluar y distribuir información. El auge del llamado
Cuando recibí el número de noviembre-diciembre de la revista
El Condado de Santa Clara, en California, se despliega a lo largo de la orilla suroeste de la Bahía de San Francisco. El Pueblo de San José de Guadalupe, fundado en 1777, es hoy su capital –San José–, además de la población hispana más antigua de California y su primera capital. Santa Clara fue siempre un fértil y soleado valle, que proveía de suministros agrícolas a los destacamentos militares cercanos.
La razón es que Magitti no tiene en cuenta cómo me siento, si estoy trabajando o dando una vuelta, si estoy con compañeros de trabajo o con mi jefe, o con unos viejos amigos de la Universidad, si he conseguido o no acabar el proyecto al que llevo toda la semana dando vueltas, qué opinan de ese restaurante o de esa película mis amigos –pero sólo aquellos de cuyos gustos me fío–, o, aunque esté en casa o en un café, cuál de mis identidades en cuál de los metaversos que suelo transitar es la que prima en este momento –si soy el reputado empresario o el rey de los trasgos. Si Magitti supiera todo eso, podría hacernos sugerencias mucho más –digamos– sugerentes, o podría incluso sospechar cuándo no tengo ganas de recibir sugerencias. Todo eso, y un buen número de cosas más, es lo que está preparado para incorporar el sistema de gestión de conocimiento autobiográfico, emocional y social del Yo Digital.



