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san-jose-1875.jpgEl Condado de Santa Clara, en California, se despliega a lo largo de la orilla suroeste de la Bahía de San Francisco. El Pueblo de San José de Guadalupe, fundado en 1777, es hoy su capital –San José–, además de la población hispana más antigua de California y su primera capital.  Santa Clara fue siempre un fértil y soleado valle, que proveía de suministros agrícolas a los destacamentos militares cercanos.

 

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El Centro de Investigación de Xerox en Palo Alto –más conocido como Xerox PARC–, en Santa Clara, lleva desde 1970 cosechando contribuciones al desarrollo de las nuevas tecnologías que tanto han cambiado nuestras vidas como la interfaz gráfica de usuario (GUI), merced a la cual ya no tenemos que entendernos con el ordenador introduciendo comandos en una pantalla negra –como con aquel inquietante C:\ de MSDOS–, sino que podemos pulsar y manipular iconos, ventanas y áreas de trabajo, o el propio ratón con el que hacemos todo eso. Sólo un año después, en 1971, un periodista acuñaría la expresión Silicon Valley para describir la formidable proliferación de empresas relacionadas con la fabricación de circuitos integrados y computadoras que había conocido el valle de Santa Clara.

 Hace unas semanas, los ingenieros de PARC informaron de que, en colaboración con Dai Nippon Printing, han desarrollado un software capaz de hacer llegar a nuestro teléfono móvil recomendaciones de tiendas, restaurantes o actividades de ocio adaptadas al lugar en qué nos encontramos, la fecha y la hora, y nuestros gustos personales. Del invento, bautizado como Magitti, se ha hecho eco recientemente la prestigiosa revista electrónica de ciencia, tecnología, sociedad y cultura Tendencias21.

Cuando Magitti esté en nuestros teléfonos móviles, se convertirá en una parte de nuestro yo digital, como ahora lo es la lista de contactos o la agenda. Pero, igual que la mayor parte de las listas de contactos y agendas actuales, su relación con nosotros no será todo lo fluida que desearíamos, o que podemos imaginar.

paseando-al-yodi.gifLa razón es que Magitti no tiene en cuenta cómo me siento, si estoy trabajando o dando una vuelta, si estoy con compañeros de trabajo o con mi jefe, o con unos viejos amigos de la Universidad, si he conseguido o no acabar el proyecto al que llevo toda la semana dando vueltas, qué opinan de ese restaurante o de esa película mis amigos –pero sólo aquellos de cuyos gustos me fío–, o, aunque esté en casa o en un café, cuál de mis identidades en cuál de los metaversos que suelo transitar es la que prima en este momento –si soy el reputado empresario o el rey de los trasgos. Si Magitti supiera todo eso, podría hacernos sugerencias mucho más –digamos–  sugerentes, o podría incluso sospechar cuándo no tengo ganas de recibir sugerencias. Todo eso, y un buen número de cosas más, es lo que está preparado para incorporar el sistema de gestión de conocimiento autobiográfico, emocional y social del Yo Digital.

 

Meterse en la cabeza de los demás

Meterse en la cabeza de los demás:

El enigma del lenguaje facial

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Tras los viajes interplanetarios y el desciframiento del genoma los seres humanos tenemos la sensación de vivir en un mundo explorado y conocido. ¿Quién nos diría que aún quedan misterios sin resolver y que no hay que irse muy lejos para toparse con ellos?. Es suficiente con plantarse delante de un espejo, mirar nuestra cara y empezar a jugar con el enigma de la sonrisa, de la tristeza, del enfado, del miedo, del asco, de la sorpresa.

De este sistema expresivo facial queda por explicar:

- Su UNIVERSALIDAD: Si viajamos a un país lejano no entenderemos la lengua de sus habitantes pero podremos interpretar sin problemas su lenguaje facial.

- Su ORIGEN: En la escala filogenética no hemos sido los primeros en emplear este lenguaje. Al ver fotografías de primates lo que nos da esa sensación de cercanía -de humanidad- es la expresividad de su rostro. Incluso algunos mamíferos marinos -como la ballena belluga- muestran un rudimentario pero encantador repertorio de caras. En la escala ontogenética el bebé humano despliega su competencia en la sincronización de ojos, cejas y nariz mucho antes de andar y hablar.

 

El planteamiento del enigma ya estaba en Darwin. En su libro "El origen de las expresiones emocionales en el hombre y en los animales" muestra su interés por el tema. Entre la imagen de un mono trepando por los árboles y la de un hombre leyendo es difícil plantear la continuidad evolutiva. No lo es tanto ante una imagen de una mamá chimpancé y de su cría mirándose amorosamente.

Siguiendo su razonamiento, las expresiones emocionales serían un componente del sistema de activación. Por ejemplo, si voy paseando por el bosque y se me aparece un oso, se iniciará una cadena de cambios en mi cuerpo: aumento del ritmo cardíaco, del ritmo respiratorio, erizamiento del vello… Además abriré mucho los ojos y la boca, echaré la cabeza hacia atrás, tensaré la frente… La emoción de miedo abarcaría el fragmento facial de la reacción del cuerpo para emprender la huida.

¿Cómo se segregó la expresión emocional?. Empezaré dando una pista: el lenguaje facial se desarrolla en especies animales en las que se establecen fuertes vínculos entre los miembros de la misma especie. Los reptiles no tienen expresiones emocionales. Algunos mamíferos sí.

Si voy por el bosque y veo un oso mi reacción corporal puede salvarme a mí. La expresión de mi cara, si es interpretada como señal de peligro, puede salvar también a mi familia. No es necesario que vean al oso, es suficiente con que se fijen en mi rostro, con que vean mi expresión de miedo.

El cuerpo tiene otras formas de manifestarse. El olor -predominante en roedores o en perros-, el color -en los camaleones- … Estas primitivas conquistas evolutivas permiten al cuerpo informar sobre su estado. Sobre esta base algunas especies han generado sistemas referenciales para informar sobre el entorno. Evidentemente, ninguno llega a la complejidad léxica y morfosintáctica del lenguaje humano. Las expresiones faciales no son referenciales pero componen un sistema de comunicación mucho más sofisticado que las paletas de olores y colores. Su capacidad para combinarse en emociones complejas nos sugiere una gramática ancestral y oculta.

Los seres humanos somos unos grandes lectores de caras. De manera implícita, sin que nadie nos enseñe, desarrollamos la capacidad para asomarnos al interior de la otra persona a partir de sus expresiones faciales. Es el procedimiento básico para una especie que posee Teoría de la Mente, es decir, que infiere en los demás lo que no es visible: sentimientos, pensamientos, intenciones….

En la actualidad se ha puesto en marcha una simulación de este proceso de decodificación. A partir de un vídeo del rostro de una persona, un software analiza sus cuatro componentes claves -cara, ojos, cejas y nariz- y consigue reconocer si es hombre o mujer y si está triste o alegre. El objetivo es llegar a conseguir "meterse en la cabeza de una persona" para conocer su reacción ante, por ejemplo, un anuncio publicitario.

Fuente: Un software determina el estado de ánimo de las personas en tiempo real

http://www.tendencias21.net/index.php?action=article&id_article=678934

 

Además de estas aplicaciones comerciales, un software de este tipo resultaría de gran ayuda para las personas autistas ya que el núcleo de su trastorno es la incapacidad para desarrollar implícitamente una Teoría de la Mente. Aunque estemos muy lejos de resolver el enigma del lenguaje facial, es una buena noticia que se haya emprendido el camino.