El metaverso lejano

snow-crash.jpg Corría el año 1992 cuando Neal Stephenson acuñó el término metaverso para describir un entorno de ficción donde los humanos interactuaban social y económicamente mediante iconos, moviéndose para ello dentro del soporte de un ciberespacio que servía como metáfora del mundo real, aunque sin las limitaciones físicas de éste.

Tuvieron que pasar cerca de diez años -con sus correspondientes campanadas en el carrillón de la Puerta del Sol- para que los metaversos de Stephenson se hiciesen "realidad" en el Universo digital.

En 2007, Habbo, Second Life y muchos otros juegos de rol multijugador masivo online [MMORPG] como los célebres Neverwinter Nights , Ultima Online , EverQuest , World of Warcraft o Guild Wars cuentan con millones de avatares dispuestos a bailar, charlar, discutir, establecer alianzas, comprar o vender armas, destronar reyes, levantar imperios, masacrar ciudades o enriquecerse virtualmente gracias a la especulación digital.

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Saltando de un metaverso a otro, yo puedo ser un jugador de basquet, un troll sanguinario, una espiritual elfa nocturna, un hipnotizador experto en provocar el caos, o una sensual avispa con cabeza de gato, dispuesta a mantener relaciones con cualquier avatar que me ofrezca tantos linden dolars como cuestan mis favores.

Aunque entra de lleno en el objeto de estudio del Grupo ICIV, en este post no tengo intención de analizar las complicaciones/beneficios que podrían derivarse la fragmentación identitaria que se desprende de nuestra inmersión en los citados metaversos digitales, sino de algo mucho más prosaico: la enorme brecha que aún separa la vida analógica de la experiencia virtual.

El 22 de septiembre de 2007, Madrid celebró la segunda edición de La Noche En Blanco, manifestación cultural gratuita y abierta destinada a fomentar, difundir y popularizar la creación contemporánea en todas sus formas: artes plásticas, proyecciones cinematográficas, música, representaciones teatrales, circenses, etc.

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Dentro de todas las propuestas de este año, hubo una que llamó especialmente mi atención: Two Gardens Between Us , del profesor Mario Paul Martínez Fabre.

¿Su objetivo? Convertir los jardines del Palacete del Marqués de Salamanca, sede de la Fundación Astroc , en un espacio de interconexión entre lo digital y lo analógico. Para ser exactos, entre los participantes de La Noche En Blanco y la comunidad virtual de Second Life.

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En el mundo real caía una lluvia fina y tibia que invitaba a pensar en naves en llamas más allá de Orión, mientras el Palacete del Marqués de Salamanca resplandecía bajo los focos dorados.

En mitad del jardín, dos pantallas blancas presagiaban el encuentro entre el metaverso y la vida física, que sendas webcams camufladas en las palmeras se encargarían de hacer realidad, como si al fin se hubiese fabricado un azogue lo bastante puro como para recrear el espejo mágico de Alicia.

Por desgracia, cuando nos acercamos a ellas, la ilusión del contacto se desvaneció. Al otro lado del ciberespacio, delante de la pantalla que representaba el jardín de la Fundación Astroc, sólo se podían ver las espaldas digitales de cuatro avatares despistados. Tanto, quizá, como los visitantes de carne y hueso del jardín real.

¿Por qué las cámaras de Second Life no estaban colocadas de tal forma que los humanos noctámbulos pudiéramos ver los rostros de los avatares que se habían congregado en la recreación virtual del jardín? ¿Les sucedía lo mismo a ell@s con nuestras imágenes?

escher-camaleon.JPGSe suponía que íbamos a disfrutar de un encuentro visual y sonoro entre lo digital y lo analógico, pero por los altavoces estratégicamente dispersos por los alcorques de los árboles no llegaba más que el croar electrónico de una rana virtual, y los maullidos sincopados de un gato digital, al que un avatar "desalmado" -¿o simplemente aburrido?- había metido en la fuente.

¿Dónde estaba la interconexión entre lo digital y lo analógico? ¿Confluyeron en algún momento el metaverso recién nacido con la experiencia artística y cultural en pañales de La Noche en Blanco? Sólo puedo decir que mientras nosotros estuvimos allí, no.

Parece que, como a los camaleones de Escher, aún nos constriñen demasiadas barreras técnicas, mecánicas y psicológicas para que nuestras identidades analógicas y digitales encuentren un espacio de comunicación eficaz.

 

 

 

La memoria está en los besos

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La memoria está en los besos, sentenció Antonio Mercero, y Mara Torres -presentadora de La 2 Noticias- puso cara de póker, como si temiera que la entrevista se le escapase de las manos.

Fue el pasado 19 de septiembre, cuando el director acudió a promocionar ¿Y tú quién eres?, su última película, donde el actor Manuel Aleixandre encarna a un paciente de Alzheimer en las primeras fases de la enfermedad.

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Hace ya unos meses, en este blog se habló de la pérdida de la identidad que provoca el trastorno descubierto en 1906 por Alois Alzheimer. Por eso no tengo intención de volver ahora sobre el tema, sino de reflexionar sobre algunos otros que se derivan de la conversación entre Antonio Mercero y Mara Torres, y estrechamente vinculados a las facetas virtuales de nuestra vida digital.

Cuando Mercero decía la memoria está en los besos, se refería de un modo poético al hecho de que la información con carga emocional establece huellas mnésicas más profundas y duraderas que los datos asépticos, como mi compañera Pilar Gallo ha señalado en entradas anteriores.

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Sin embargo, el primer problema que ingenieros y usuarios encontraron al empezar a poblar este mundo digital en que ahora nos movemos como peces -binarios- en el agua, era la imposibilidad de intercambiar "besos", entendidos como una metonimia de la afectividad humana… Y precisamente un 19 de septiembre de 1982, Scott E. Fahlman transmitió el primer emoticono en las BBS de la Facultad de Informática de la Universidad Carnegie Mellon, con la única intención de dotar de un significado emocional a las comunicaciones escritas.

Por supuesto, los términos tecnológicos han cambiado bastante desde aquellas caritas diseñadas en código ASCII hasta las actuales prácticas de sexo virtual en Second Life, pero lo que parece innegable es que la vida digital necesita acompañerse de una expresión emocional, a imagen y semejanza de la que se desarrolla fuera de la web.

Tal vez por eso en su entrada "Ya nada es eterno, espero" José Sánchez indicaba que, según encuestas del Reino Unido, las relaciones virtuales ya superan a las reales, y diversas investigaciones en redes sociales digitales corroboran este dato, destacando la fuerza de los lazos afectivos que se generan en entornos digitales.

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Ahora bien, si como hemos postulado en la Tercera Ley del Yo Digital, nuestra identidad biológica no es algo distinto, ajeno e independiente de nuestra(s) identidad(es) virtuales, sino que todas ellas interactúan vivamente entre sí, produciendo la emergencia de un sistema cognitivo conjunto que se retroalimenta, enriquece y modifica con cada intercambio, ¿qué recuerdos dejarán en nosotros esos amig@s digitales de los que sólo conocemos su nick y su avatar? ¿Qué huella mnésica será más estable: la producida por una vibrante partida de Última contra 3.000 jugadores online, o la de un Risk compartido con tu grupo de amigos y sus respectivas cervezas?

¿Qué recuerdos preservarán durante más tiempo los enfermos de Alzheimer o Parkinson del 2050, los derivados de su vida analógica, o de sus experiencias digitales? ¿Podrán desentrañar unos de otros los psicólogos, psiquiátras, neurólogos y terapeutas ocupacionales que los asistan?

Tal vez no sea necesario hacerlo, y nuestra vida digital de hoy nos ayude a luchar mañana contra las demencias que amenazan con borrar incluso la memoria que atesoran los besos.

Redes “antisociales”: the NOSO Project

El señor Solo, HoloJorge y el Doctor, experta tripulación de El Geek Errante -un podcast amigo sobre nuevas tecnologías- me informa acerca de una iniciativa en clara oposición al objeto de estudio del blog que ahora lees: the No Social Network Project

noso-1.bmp The NOSO Project tiene su cuartel general en San Francisco, pero ya han surgido "franquicias" en otras ciudades del mundo como París, New York, Río de Janeiro, Savannah, o Copenhague. Veamos de qué se trata.

La web de proyecto nos da la bienvenida con un sobrio vídeo -en inglés, por supuesto- sobre la filosofía NOSO, ilustrada incluso con un ejemplo de práctica. Porque NOSO, por supuesto, se practica en el mundo real.

La idea es muy sencilla: basta con analizar nuestra vida diaria. Cuando no estás hablando por tu móvil, es porque te encuentras escribiendo un mail, o posteando en un blog, o charlando por skyp mientras navegas en Second Life, con tu itunes sonando de fondo, viene a decir la serena voz en off del narrador. Pero a veces es necesario descansar.

Y eso precisamente es lo que propone The NOSO Project: desconectar por un rato nuestra identidad digital. Irónicamente, el primer paso para hacerlo es registrarse como usuario NOSO. A continuación…

  • Consultamos el calendario de eventos NOSO.

Estupendo, el usuario 323 celebrará un no-encuentro a las 18'30 del próximo jueves, en la plaza XYZ. Me apunto.

  • El día señalado, acudimos al lugar D en la hora H.

Nos sentamos en un banco y sacamos un libro, nos tumbamos a mirar las nubes, hacemos ganchillo, o jugamos con el cubo de Rubick… ¡Pero bajo ningún concepto tocamos un solo elemento tecnológico que pueda relacionarnos con nuestra red digital! Suena el móvil, y ni siquiera hago intención de sacarlo del bolsillo. Por supuesto, no leo sms, no miro mms, ignoro la alerta de la PDA… Y tampoco trato de identificar a otros "nosos" a mi alrededor. Al fin y al cabo, esto no es una flashmob, ni una fiesta de singles, sino una experiencia NOSO: no social networks, my friends.

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¿Y qué sucede si yo vivo a miles de kilómetros de cualquiera de esas modernísimas ciudades donde se organizan los no-encuentos NOSO? Tranqui@: puedes unirte a la experiencia de desconexión desde tu casa. Basta con que apagues/ ignores los elementos que te unen a tu comunidad virtual en el momento preciso, y ocupes tu tiempo con actividades que podríamos llamar "asociales". Por supuesto, si esta comunión a distancia con la filosofía NOSO te parece insuficiente, siempre puedes calzarte las botas de pioner@, y proponer la primera no-quedada en tu ciudad.

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Eso sí, no olvides darte de alta en la web oficial antes de hacerlo: correrías el riesgo de ser confundido con alguno de esos analfabetos digitales, que todavía pululan por el llamado mundo real.